Desde hace ya tiempo, he estado vinculado de una manera u otra a las prácticas educativas con la firme idea de colaborar junto a otras personas tratando de facilitar espacios, generar proyectos y compartir experiencias. En noviembre de 2011, cuando me decidía si me aventuraba a escribir mi tesis doctoral para poner orden y sentido a mis últimas experiencias, cayó en mis manos el cortometraje En rachâchant [1]. La historia gira en torno a la rebelión de un niño, Ernesto, que se niega a recibir más educación escolar porque dice que le enseñan cosas que él no sabe. Ernesto decide no «jugar» al juego de la «educación obligatoria», afirma su decisión de presencia al margen y con libertad de interpretación [2]. Hay algo de Ernesto con lo que me sentí inmediatamente identificado a nivel biográfico y profesional.

Ha sido este aprender y desaprender, un proceso donde poner en juego dinámicas desde la reflexión crítica para adaptar y redimensionar propuestas. Desde un posicionamiento donde el intercambio de conocimiento lo entiendo como una experiencia honesta y horizontal entre los participantes que van a construir un lugar en el espacio. Donde desde diferentes áreas en las que he participado (primaria, secundaria, discapacidad y en mayor medida en artes y cultura visual) la labor de la facilitación educativa la veo como un acompañamiento sosegado y herramientas colaborativas para el desarrollo personal y de la capacidad de transformación social que todos tenemos. ¿Cómo podemos lograrlo?. Si emulamos al pequeño Ernesto: I-NE-VI-TA-BLE-MEN-TE.

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La selección de experiencias que comparto en esta sección de la web pertenecen a prácticas que relacionan: cultura visual, aprendizaje colaborativo, autogestión educativa y pedagogía. Ámbitos que componen el núcleo central de los diferentes programas y proyectos más representativos en mis últimos años y en donde me siento más feliz investigando, proponiendo, aprendiendo y colaborando con otras personas con ganas de explorar.